De la Calufa de Torrejón a la Fresca de los Pirineos: Nuestra Aventura Familiar en Autocaravana

Por fin llegó el día. Después de semanas planeándolo, nos dispusimos a dar el gran salto a la vida nómada sobre ruedas. No sabíamos muy bien en qué nos estábamos metiendo, pero la promesa de huir del calor madrileño y descubrir los Pirineos en familia era demasiado tentadora. Así comenzó una travesía llena de risas, algún que otro golpe (literal), "penurias" de novatos y recuerdos imborrables


📋 Ficha Técnica de la Aventura


El infierno asfáltico y el bautismo de fuego en La Vall d'Uixó

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Nuestra aventura no empezó precisamente con una suave brisa montañesa. No señor. Empezó con una recogida de autocaravana en Torrejón de Ardoz bajo un sol de justicia que derretía las piedras. Cargar el «bicho» en plena calufa nos llevó más tiempo del previsto y acabamos saliendo cerca de las 13:00. Para colmo, nuestra primera parada técnica a las 15:00 fue en una gasolinera de lo más deprimente, donde el único café disponible era de una máquina traicionera y sabía a rayos.

Guiados por el tierno optimismo del principiante, decidimos que era el momento perfecto para estrenar la cocina con una parada gastronómica en mitad de la nada. El sitio elegido fue una obra de arte: nos cobijamos bajo la rácana sombra de un árbol esquelético con vistas panorámicas a un encantador vertedero de carretera. Allí asimilamos la cruda realidad de la logística nómada. Estrenar los fogones se tradujo en una espera interminable dentro del habitáculo, donde el dichoso «refrescador» de agua de la caravana demostró ser un objeto puramente decorativo si el vehículo no estaba en marcha. La primera en la frente: muy idílico lo de cocinar in-itinere, pero la parada resultó ser un fiasco monumental, incómodo, interminable y frustrante.

Llegamos a La Vall d’Uixó alrededor de las 20:00 con una misión clara: asaltar el Mercadona local para comprar los básicos que, inevitablemente, se nos habían quedado en el tintero. Y aquí fue donde la autocaravana reclamó su primer tributo. Al intentar maniobrar en el parking, le di un sutil "toquecito de aparcamiento" a otro coche. La conductora, lejos de tomárselo con filosofía, bajó hecha una hidra jurando que el impacto había desplazado su vehículo un buen trecho. A ver, admito que la autocaravana pesa un huevo, pero iba a una velocidad ridiculously lenta. Nos hizo firmar un parte por un parachoques roto que, claramente, ya estaba maltrecho antes de que nosotros llegáramos. Para colmo, nuestro parachoques no tenía ni un mísero rasguño. En el momento nos pusimos nerviosos, llamando al servicio de alquiler y lamentando la franquicia que dábamos por perdida. Menos mal que Lau (siempre con la mente más fría) cayó en la cuenta de que el daño era solo del otro coche, por lo que entra dentro de la responsabilidad civil y de eso ya se apañarán los seguros. ¡Adiós al drama!

Como buenos novatos, decidimos pernoctar esa noche en el parking de las famosas Coves de Sant Josep (las Cuevas de San José), conocidas por albergar el río subterráneo navegable más largo de Europa. Lo que sobre el papel parecía una idea idílica, en la práctica se tradujo en aparcar justo al lado de un paso peatonal. En plena ola de calor, el interior de la caravana era una sauna. Lau no podía ni respirar dentro y nos costó la misma vida conciliar el sueño. Por si fuera poco, a las 7:00 de la mañana el sol ya nos pegaba de lleno y empezó un desfile incansable de corredores y paseadores matutinos. El estreno de la vida nómada estaba siendo de un regular tirando a duro.

A pesar de las pocas horas de sueño, la visita a las cuevas de San José mereció totalmente la pena. El contraste de temperatura fue una bendición y las formaciones del río subterráneo nos dejaron con la boca abierta. Eso sí, los niños estuvieron tentando un poco a la suerte haciendo el bobo e intentando rozar el techo rocoso con la cabeza mientras estábamos en la barca. En realidad era una tontería infantil sin más trascendencia, pero a mí me sentó bastante mal (supongo que haber dormido de aquella manera y a medias tampoco ayudaba a mi paciencia) y acabó por calentar un poco el ambiente para el resto de los días.

Al salir de la cueva, mientras disfrutábamos de un helado reconstituyente, nos encontramos con Iván y Raquel, que volvían de la boda a la que habían ido el día anterior. Sabíamos que estaban cerca y nos hicieron el favorazo de desplazarse hasta allí para vernos. Además de hacernos una visita estupenda, nos dieron unos cuantos consejos utilísimos sobre la logística de la autocaravana que más adelante probarían con creces su valía. También nos recomendaron ir a pasar la tarde a un paraje de aguas naturales a una hora de allí: la famosa Fuente de los Baños en Montanejos, un precioso cañón cuyas aguas se mantienen a unos constantes 25°C todo el año.

El problema fue que todo el mundo tuvo la misma idea. Los parkings estaban petadísimos. Desesperados, paramos en un saliente medio llano bastante complicado para comer con la caravana apenas medio nivelada. Aquello resultó ser la entrada para la gente que trabaja en las actividades del río, con lo que estuvimos molestando y sufriendo todo el rato que estuvimos allí. En cuanto terminamos de tomar el café decidimos que lo mejor era marcharnos y emprender el viaje sin muchas esperanzas de bañarnos. Pero por suerte, como se nos había hecho tarde y para salir de allí teníamos que volver a pasar obligatoriamente por delante de los parkings, descubrimos que la gente se estaba yendo en masa. Eran ya las 18:00 y jugaba España el Mundial de fútbol. Gracias a que el país entero se pegó a las pantallas, pudimos disfrutar de un agradable baño en las aguas templadas de la Font dels Banys prácticamente para nosotros solos.

Finalmente, tiramos a un área de autocaravanas cercana en Cirat, donde recargamos agua y cenamos. Pero allí no terminaba nuestro día; al contrario, queríamos avanzar todo lo posible esa misma noche para quedarnos más cerca de Port Aventura y asegurar la entrada antes de la apertura de los parques al día siguiente. Con la prisa por salir rápido del pueblo, probamos una ruta que parecía más rápida y nos metimos por una "calle estrecha" y... ¡catacrac! Reventamos uno de los pilotos altos de la caravana. Tuvimos que dar la vuelta en una plaza que, afortunadamente, era bastante amplia para maniobrar. Sin embargo, salir de allí de vuelta por el mismo estrechamiento era todo un reto de precisión milimétrica; sudé tinta china al volante intentando no rozar de nuevo, pero afortunadamente lo completamos sin mayor problema y pudimos salir del pueblo para seguir rumbo norte. Pero bueno, lección aprendida, desde ese día siempre Lau se bajó para indicarme en cada maniobra por mínimamente complicada que fuera, y he de decir que no tuvimos ni un solo contratiempo más 😬

Tiramos millas buscando una playa para pernoctar en la zona de La Ametlla de Mar justo en la linde con Tarragona. Tras dar varias vueltas frustradas en la oscuridad (lo de que se puede pernoctar en las playas no parece que se cumpla mucho en esa zona), terminamos aparcando en un descampado bastante poco nivelado sobre las dos de la mañana. Nos fuimos a dormir medio torcidos, cocidos de calor que el termómetro marcaba 23 (en plena madrugada), pero contentos de haber sobrevivido a las primeras 48 horas de aventura.


Adrenalina, simuladores climatizados y el infierno de la sartén de Port Aventura

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Nos despertamos en nuestro descampado torcido a las 8:00 de la mañana. El calor ya apretaba con ganas, así que pusimos rumbo directo a Port Aventura. Tras hacer el check-in, decidimos arrancar por el parque acuático, el Caribe Aquatic Park, aprovechando que abría un poco más tarde y nos daba el tiempo justo para estar en la puerta en el momento de la apertura.

Fue un acierto total. Nos lo pasamos genial y nos montamos prácticamente en todo, esquivando únicamente los toboganes abiertos gigantes, que no nos llamaban la atención a ninguno. Al mediodía, comimos prontito para evitar colas en uno de los restaurantes del parque. Íbamos con cautela porque en otros parques el tema del gluten suele ser problemático, pero lo cierto es que la experiencia en Port Aventura estuvo bastante bien; aunque tampoco es que fuera una maravilla ni un paraíso de la variedad, tienen opciones seguras en casi todas partes y el personal está muy bien informado, lo que nos dio una tranquilidad tremenda a la hora de comer fuera de casa.

Por la tarde, pasamos un momento por la autocaravana y confirmamos con horror que el parking era una auténtica sartén refractaria de calor. En el habitáculo hacía todavía más calor que fuera. Descubrimos que lo de las escotillas superiores de la caravana no es decoración, sino algo muy necesario para que escape el calor del hornillo. Como no veíamos claro lo de quedarnos a cocernos en nuestro jugo, nos fuimos a explorar Ferrari Land. El parque no prometía demasiado de entrada, pero nos llevamos gratas sorpresas. Alicia y yo nos subimos a la imponente Torre de Caída Libre (Thrill Towers) y nos pareció una pasada. Luego, en la zona infantil, los niños se subieron como diez veces seguidas a la pequeña montaña rusa Junior Red Force, que daba dos vueltas completas y les dejó con la adrenalina por las nubes. También entramos al simulador de Fórmula 1 Pole Position Challenge que, además de ser entretenido, contaba con una climatización gloriosa que nos salvó del sofoco generalizado. Acabamos cenando algo rápido en la caravana bastante tarde, tras el cierre de Ferrari Land y, a pesar del calor y de la adrenalina del día la verdad que nos dormimos todos bien rápido de cansancio puro.

El segundo día lo dedicamos por entero al parque de atracciones principal. Decidimos no comprar el pase rápido porque las colas eran bastante razonables. Entrar directamente por el acceso del Hotel Gold River fue una gozada absoluta, ya que te deja directo en la zona del Far West. Esto nos permitió ir de cabeza y sin apenas esperas a las atracciones de agua: los rápidos del Grand Canyon Rapids y el mítico Tutuki Splash, saliendo chorreando pero felices.

Comimos en la cantina de la zona de México mientras disfrutábamos de un animado espectáculo. Con el estómago lleno, nos fuimos directos al Stampida; esta mítica montaña rusa de madera es una espectacular carrera donde dos vagones, el azul y el rojo, compiten a toda velocidad por ver quién llega primero. Nosotros nos subimos en el vagón azul y, aunque la carrera estuvo chulísima, a *Nico no le hizo demasiada gracia el traqueteo de la madera.

Por la tarde, mientras los peques disfrutaban de la zona infantil, yo me escapé a probar el imponente Shambhala en solitario, atraído por su altura colosal. Menuda barbaridad. Después, decidí subirme con Alicia al clásico Dragon Khan; ella estaba súper emocionante con la velocidad y los loopings. De hecho, al salir de allí, les conté maravillas sobre la experiencia del Shambhala y la emoción fue tal que *Lau y Alicia decidieron ir corriendo a subir juntas. Sin embargo, la suerte no las acompañó y les cerraron la cola en las narices por cuestiones de horario. Aunque lo cierto es que vimos el último pase subir medio vacío... no fueron muy amables la verdad.

Para despedirnos de los parques, cenamos en un bar junto al hotel Gold River, nos dimos una ducha de lo más merecida en los baños del parking de autocaravanas y dimos por concluida nuestra intensa y calurosa etapa en el parque.


En busca del fresquito perdido: La Garrotxa y el "Transformer" alemán

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A las 10:00 del día siguiente, con la sensación de habernos cocido a fuego lento en Tarragona, pusimos rumbo al norte buscando temperaturas más amables. Decidimos adentrarnos en la zona volcánica de La Garrotxa, en Girona, un entorno natural precioso rodeado de más de 40 conos volcánicos.

Probamos suerte en el Camping Lava, en Santa Pau. Salvo por el hecho de tener la piscina prácticamente en exclusiva para nosotros, el camping no tenía mucho más misterio. Tampoco es que hiciera un frío de montaña, aunque las noches en esta zona sí que nos dieron un respiro notable comparadas con el infierno de las noches anteriores.

Lo más surrealista de nuestra estancia ocurrió nada más instalarnos en la única parcela del área de autocaravanas que tenía sombra garantizada durante todo el día. De repente, apareció un autobús descomunal que parecía sacado de la película Transformers. En apenas dos minutos y con una sincronización casi militar, montaron un campamento entero. Al acercarnos a investigar, descubrimos que se trataba de Rotel Tours (Das Rollende Hotel, el hotel rodante), una famosa agencia de viajes alemana que recorre el mundo con este curioso sistema de literas integradas en el propio autobús. Lo que más nos llamó la atención fue que allí todo el mundo trabajaba sin parar; era imposible distinguir quién era el organizador y quién era el cliente. A la mañana siguiente, cuando nos despertamos, el campamento se había esfumado por completo. Se marcharon tan sigilosamente como llegaron, a pesar del asombroso despliegue.

Aprovechando que nuestra caravana estaba bien resguardada bajo la sombra y el calor no molestaba, decidimos dejar que los niños recuperaran el sueño acumulado de las jornadas maratonianas de Port Aventura. Aguantaron durmiendo plácidamente hasta pasadas las 11:00 de la mañana.

Una vez arriba, fuimos al Carrefour de Olot a hacer una compra masiva para reponer la despensa. Tras aparcar en línea en la calle principal aprovechando los huecos anchos, comimos en un parque cercano: una empanada para nosotros y un sándwich para Ali. Después fuimos a visitar el Espai Cràter, un museo muy original dedicado a la zona volcánica y construido dentro del propio cráter del volcán Puig del Roser. Aunque el museo es bastante pequeño y tampoco es que a los niños les entusiasmara de sobremanera, sí es verdad que el diseño interactivo nos gustó mucho a todos y resultó muy interesante. Al regresar al camping, intentamos poner una lavadora, pero no había ni un alma en recepción (pese a estar en teoría en horario de atención) y tampoco respondieron a nuestros mensajes de WhatsApp hasta el día siguiente.

A la mañana siguiente, nuestra intención era dar un paseo en carruaje por la Fageda d’en Jordà, un hayedo espectacular que crece de forma excepcional sobre la colada de lava del volcán Croscat. Pero antes de irnos, teníamos que dejar listo el tema de la ropa sucia. Esperamos a que abriera la recepción del camping y pusimos por fin la lavadora. ¡Aquello sí que era una colada en toda regla, y no las coladas de lava de los volcanes de la Garrotxa! Menudo despliegue monumental de ropa húmeda y qué tenderete de cuerdas improvisamos en la parcela. Otra lección aprendida, no hay que dejar pasar tanto tiempo sin poner lavadoras 🙄. Una vez seca la colada, recogimos todo, cargamos agua, vaciamos depósitos y nos despedimos definitivamente del Camping Lava. Sin embargo, entre una cosa y otra salimos demasiado tarde. Cuando llegamos al parking del hayedo, ya no salían más carruajes.

Aun así, no quisimos perdernos el lugar y nos dimos un largo y entrañable paseo a pie por el hayedo. El sitio es verdaderamente espectacular y los niños jugaron lo que quisieron en ese entorno mágico. Al volver a la autocaravana en el parking (que es de pago), nos encontramos con una pequeña nota en catalán avisando de que no se podía pernoctar allí. Aquello me puso un poco de uñas; para empezar, nosotros no teníamos la más mínima intención de pasar la noche en ese parking. Lo absurdo era esa presunción de culpabilidad inmediata por el simple hecho de ir en autocaravana, sobre todo considerando que el parking se paga por horas. ¿En qué cabeza cabe que vaya a pagar una pasta por quedarme a dormir en medio de la nada cuando hay mil sitios gratis donde aparcar? Mis sospechas sobre el autor de la nota se confirmaron cuando, al arrancar, apareció el cuidador del parking para advertirnos de muy malas maneras que tuviéramos cuidado al mover la caravana para no romper la rama de un árbol que había quedado detrás. Como digo, no es que me moleste que te den instrucciones o que la gente sea proactiva en su trabajo; me molesta la presunción de culpabilidad sin un solo gramo de amabilidad.

Como el hayedo merecía mucho la pena y no queríamos renunciar al paseo en carruaje, en lugar de tirar millas hacia la siguiente etapa del viaje, decidimos buscar un sitio para dormir cerca. Acabamos pernoctando en el parking de la piscina municipal de Olot. El sitio estaba genial, súper sombreado y tranquilo. Además, como llegamos justo a última hora de la tarde, cuando la gente ya salía de la piscina, y nos marchamos temprano antes de que abrieran por la mañana, tuvimos la tranquilidad de no molestar absolutamente a nadie.

A la mañana siguiente, por fin pudimos hacer el paseo en carruaje a las 10:00. Eso sí, tuve que mover la autocaravana hasta dos veces porque al mismo cuidador de la tarde anterior (que apareció en cuanto entramos al parking) no le parecía bien ninguna ubicación. Primero que si obstaculizaba una zona de paso que no estaba señalizada por ninguna parte, y luego que si quitaba espacio a otras caravanas (un argumento magnífico, considerando que dos horas después no había ni un alma más aparcada). El paseo fue espectacular y el guía resultó de lo más ameno.

Compartimos el carruaje durante todo el trayecto con otra familia local, por lo que el guía dio casi toda la explicación en catalán (salvo alguna referencia muy suelta en castellano). Como no lo dominamos, nos perdimos bastantes detalles de la explicación (especialmente los niños), aunque al final vas a donde vas y entendemos perfectamente que hay que adaptarse. Al menos los niños se lo pasaron pipa; a la vuelta tuvieron la gran suerte de ir sentados delante con el conductor, y aunque prácticamente no se enteraron de nada de lo que se explicó, disfrutaron del viaje un montón. Al bajarnos, compramos una herradura de recuerdo como souvenir de la excursión.

Para rematar la mañana, paramos unos instantes en el Camping Lava para que los niños dieran el paseo en pony que nos habían regalado con la entrada del carruaje (aunque en su caso, los montaron en caballos 😅). Nos tomamos algo fresco en el bar y decidimos que era el momento de intentar acercarnos hacia Loudenvielle que prometía ser de verdad un refugio climático.


Cruzando la frontera: De las penurias francesas al desplome de temperaturas en Loudenvielle

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Nuestra ruta hacia Francia no estuvo exenta de paradas y desvíos improvisados. Primero paramos en Berga buscando un pantano para refrescarnos, pero el calor seguía siendo insoportable y, aunque logramos comer a la sombra de un buen árbol, decidimos seguir la marcha rápidamente.

Dos horas de carretera después, llegamos al precioso rincón de Orlu, ya en territorio francés, solo para descubrir de primera mano las implacables costumbres horarias de nuestros vecinos: la recepción del camping municipal cerraba estrictamente a las 17:00 y ya eran casi las 18:00. Sin opciones, tuvimos que desandar parte del camino hasta Ax-les-Thermes. El área de autocaravanas de pago nos pareció poco más que un polígono industrial sin alma, así que terminamos metiéndonos en el Camping Le Malazéou justo antes de que cerraran a las 19:00. Hacía 33°C a la sombra; definitivamente, estar en los Pirineos no garantizaba el frío de forma inmediata.

Decidimos pasar allí dos noches para descansar un poco de la ajetreada vida nómada. Además, el precio resultó ser bastante más barato que en los campings de España. Metimos los pies en el río que cruza el camping para refrescarnos, dimos una vuelta por las instalaciones y cenamos tranquilamente en la parcela.

El verdadero drama del día llegó a la hora de acostarse con un monumental "pollo" por la logística de las camas: "Tú llevas durmiendo con tu almohada una semana y yo no", "Pues cambiamos y duermes con mis pies en la cara...". Para evitar males mayores, decidimos reorganizar el campamento nocturno: papá dormiría con Alicia y mamá con *Nico. Mano de santo.

El día siguiente fue de absoluto descanso en el camping. Habíamos pensado salir a dar un paseo a ver el pueblo, pero la piscina del camping nos pareció un plan mucho más inteligente para combatir el calor de la jornada. Por la tarde, el cielo rugió. Empezó a tronar y cayeron un par de tormentas cortas pero intensas que cambiaron la temperatura por completo. ¡Por fin empezaba a refrescar!

Para celebrarlo, reservamos mesa en el restaurante del camping. Para *Alicia prepararon un menú infantil seguro adaptando una hamburguesa sin pan con patatas fritas, mientras que *Nico se deleitó con su clásica hamburguesa coronada con Bethmale, un queso local de vaca delicioso y con mucha personalidad. Nosotros compartimos una ensalada de queso de cabra y un entrecot buenísimo con patatas. De postre, tras descifrar qué opciones eran libres de gluten para *Ali, todos pudimos disfrutar de un helado, y nosotros compartimos una espectacular creme beurré (crème brûlée). El dueño del restaurante fue encantador y hablaba un castellano impecable.

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A la mañana siguiente, abandonamos el camping antes de las 11:00 tras pasar por el área de servicios para vaciar y recargar el bicho. Nos detuvimos en un supermercado a reponer víveres y, tras dos horas de trayecto, paramos a comer a orillas del precioso y espacioso Lac de Sède, en Saint-Gaudens. El lugar era bellísimo. Nos preparamos unos bocadillos con lo comprado por la mañana y tomamos café en el chiringuito disfrutando de unos ideales 25°C.

Dudamos si quedarnos en esa zona tan agradable o seguir hacia Loudenvielle, donde las predicciones del móvil alertaban de lluvias incesantes hasta el miércoles. Finalmente, decidimos arriesgarnos y exprimir la hora de viaje que nos quedaba. Tras una pequeña vuelta buscando el sitio idóneo, nos instalamos en el Camping Wellness de Loudenvielle. Para estirar las piernas tras el viaje, dimos una vuelta completa de 3 km al precioso lago del pueblo. Cenamos en la parcela justo después de tener que cambiar la bombona de propano, que decidió agotarse en el momento más inoportuno. Una partida de Chinchón cerró el día, listos para explorar este idílico valle pirenaico.

Amaneció un tanto encapotado, pero a mediodía el cielo abrió y la temperatura se mantuvo perfecta. Nos calzamos las botas y completamos una preciosa ruta de senderismo de casi 6 km por las montañas que rodean el lago, disfrutando de unas vistas de postal. Nico protestó lo que no está escrito durante las cuestas arriba, pero completamos el recorrido muy tranquilos en unas dos horas. Al volver, comimos una reconfortante pasta carbonara en la caravana.

Aunque los niños querían ir a los hinchables del lago, el tiempo empezó a refrescar rápidamente y preferimos probar el spa del camping. Pero antes de ir, cumplimos de forma rigurosa con nuestra tradición anual de cada 30 de junio: la sesión fotográfica familiar para celebrar nuestro aniversario de bodas.

Ya en el spa, aunque el agua templada contrastaba deliciosamente con el fresco del exterior, la experiencia duró poco. El espacio era minúsculo, los peques pensaban que aquello era una piscina de juegos y, además, a la mitad de los campistas se les ocurrió la misma idea de meterse a remojo a esa hora. No aguantamos ni una hora dentro. Al salir, nos tomamos un aperitivo rápido al aire libre y echamos una partida al Carcassonne (donde Alicia tuvo que recordar las reglas sobre la marcha).

El frío empezó a ser real y Ali acabó metida dentro de su edredón nórdico. Cuando la lluvia arreció de verdad, nos refugiamos en la autocaravana para cenar y montamos un cine improvisado proyectando un capítulo de La leyenda de Aang sobre una camiseta blanca extendida. ¡Mucho mejor que mirarlo en una tablet! Cerramos el día con una sesión intensiva de cacería de moscas intrusas dentro del habitáculo.

Nuestra tercera jornada en Loudenvielle amaneció puramente invernal. Estuvo toda la noche barruzando, dejando una niebla bajísima y temperaturas más propias de la primavera gallega que de principios de julio. Hasta *Lau tuvo que taparse con el nórdico para dormir. Los niños, que tienen un radar biológico para los días de lluvia, se quedaron durmiendo plácidamente hasta las 11:00 de la mañana, obligándonos a cancelar nuestros planes matutinos.

Salimos a dar un paseo corto por el lago, ya que parecía que quería despejar un poco, para ver las opciones de ocio, pero nos topamos con un absoluto desierto: en Francia la temporada de verano y la vidilla comienzan estrictamente el 4 de julio, cuando los escolares cogen las vacaciones. Todo estaba cerrado. ¿Subir en telecabina a la estación de esquí de Peyragudes? En junio solo abre los fines de semana. ¿Alquilar unas bicis? Había que devolverlas antes de las 17:00 y ya pasaban de las 14:00. ¿El parque de tirolinas de pino a pino del lago? Abre el 4 de julio. Acabamos dando una vuelta sin pena ni gloria por el Carrefour y las tiendas de souvenirs pero no compramos nada.

Por la tarde, después de comer intentamos en varias ocasiones poner la lavadora pero alguien estaba ocupándolas todo el rato. Mientras tanto jugamos al pin-pon, al frisbee, intentamos (con poco éxito) volar la cometa, pero la lavadora no se liberaba. Al final los niños y yo nos fuimos a una cancha de baloncesto a echar un 21 mientras Lau se quedaba esperando estoicamente.

Al volver de la cancha de baloncesto, nos encontramos con un panorama digno de película de acción: el tejado del prestigioso balneario local, Balnéa, situado justo enfrente de nuestro camping, estaba envuelto en una densa columna de humo y los pompiers (bomberos) desplegaban mangueras a toda prisa. *Laura y Alicia se acercaron a curiosear y confirmaron que había fuego real. Por la noche el humo continuaba y el despliegue de bomberos era cada vez mayot. Fuimos a cotillear a las 12 de la noche (a pesar de las protestas de Nico) y el edificio seguía ardiendo desde las 18:30. Leyendo la prensa local al día siguiente, descubrimos que un edificio anexo en construcción que iba a albergar unos nuevos baños japoneses había quedado reducido a ruinas. Un auténtico desastre para el complejo termal.

Viendo el panorama gris y lluvioso, decidimos que era el momento de cambiar el rumbo. Decidimos que volveríamos por la autovía A-1 y que haríamos una parada de una noche en el Camping Larrouleta, en el País Vasco Francés. Estuvimos allí el año pasado y a los niños les encantó, es un poco de rodeo pero estábamos seguros de que sería un acierto, no les dijimos nada solo que por la mañana habría que madrugar para aprovechar el día.


El reencuentro con Larrouleta y el misterio del puercoespín

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Emprendimos la marcha temprano hacia el País Vasco francés. Nada más montarnos en la autocaravana Alicia ya se dio cuenta de que ponía camping Larrouleta en el navegador y se pusieron super-contentos los dos. Hicimos una pequeña parada técnica antes de salir en el Carrefour Montaigne de Loudenvielle para aprovisionarnos de papel de cocina que se gasta mucho y seguimos rumbo. La verdad que el camino no se hizo muy largo, paramos en una gasolinera pero no llené el depósito porque los precios del carburante allí casi duplicaban a los de España y total… el próximo viaje ya nos metía en territorio nacional. Una decisión que, efectivamente, comprobaríamos a la vuelta al constatar con creces que en la primera gasolinera de España la cola para repostar era de aúpa; por supuesto, tuvimos que armarnos de paciencia y esperar nuestro turno porque íbamos literalmente tiritando de gasoil.

Nada más aparcar la autocaravana en el camping los niños desaparecieron. En cuanto sacamos las cosas afuera aparecieron para decir que ya tenían unos amigos, comieron en dos minutos y otra vez corriendo al lago. Aunque habíamos reservado una sola noche, la verdad es que se estaba de fábula allí y los niños estaban encantados. Así que decidimos que al día siguiente iríamos a reservar una noche extra en recepción y hacer el viaje de vuelta a Madrid en una sola etapa madrugando mucho (atravesar la península es una broma de temperaturas, la semana siguiente nos esperaban 23 grados de mínima en Torrejón y 39 de máxima… ¡ahí es nah!).

Pasamos la tarde en las tumbonas del lago, yo me subí un rato con ellos en los hinchables pero la verdad que en un par de caídas se te quitan las ganas. Los niños caen como gomas elásticas y ni lo notan, pero a los de más de 40 estas volteretas más que dolernos en el alma nos recuerdan insistentemente que de vez en cuando hay que hacerle una visita de cortesía al fisio. Tras ducharse y cenar se fueron a jugar a la parcela de sus amigos. Nico enseguida estaba de vuelta, pero Alicia siguió de parcela en parcela hasta las 22:30. De verdad, creo que fue el momento en el que más felices habían estado en todo el viaje. Además, nos aplicamos a fondo con la "operación despensa limpia", devorando todas las latas y restos de comida que nos quedaban por allí y he de decir que la creatividad para preparar cenas también tiene parte de encanto en las aventuras itinerantes.

Para acabar el día con una sonrisa… el año pasado, cuando estuvimos en este camping, me encontré de forma súper graciosa con un puercoespín merodeando justo debajo de mi silla de camping mientras estaba tranquilamente leyendo por la noche. Pues bien, esa noche la historia se repitió casi con precisión poética: Alicia descubrió a otro puercoespín acurrucado justo debajo de la autocaravana, exactamente en el rincón donde yo estaba sentado en ese preciso instante escribiendo el diario. Estaba seguro de que no era el mismo, pero me hizo una ilusión tremenda que nos vinieran a visitar. Era como si nos eligieran para visitarnos; además, se quedan muy quietos incluso cuando les alumbras con la linterna y parece que te miran de frente. Son animales verdaderamente entrañables.

Arrancamos el último día de camping nublado y con lluvia fina. Tras un rato de incertidumbre y de plantearnos irnos definitivamente y buscar suerte más al sur, decidimos que no iba a haber localización mejor climatológicamente hablando y los niños, aunque Nico amaneció un poco indeciso, finalmente prefirieron quedarse. A eso de las 11:30 fuimos a pedir un día más en recepción y, aunque no hubo problema de disponibilidad, la broma nos costó 25€ más que el día anterior… era viernes y empezaba la temporada alta en Francia, en fin, es lo que tiene el libre mercado.

Al final discretamente salió el sol y pudimos pasar toda la mañana en el lago, nosotros haciendo pedaletas y fotos y luego un poco de paddle surf con Nico aunque, la mayor parte del tiempo, ellos no salían de los juegos hinchables. Alicia con su nueva amiga se fue a la piscina un rato antes de la hora de comer y apareció ya vestida sobre las 14:00. Fieles al principio de cero desecho seguimos con la cocina creativa, en esta ocasión tocó pasta de fideuá con salsa de tomate y melva. La verdad que estaba buenísimo y no sobró ni un poquito.

Nada más comer se fueron los dos con la amiga de Alicia (fui incapaz de quedarme con su nombre, ¿Maitane?, ¿Nayane?, ¿Mayania?). Al parecer tenía unos padres muy majos y era hija única. La realidad es que no hubo niños en toda la tarde. Vinieron sobre las 17:00 para decir que se iban a la piscina y a las 19:00 que fuimos a verlos justo cuando salían con la niña y sus padres de camino a la ducha, les dijimos que se quedaran un rato con nosotros pero nada, prefirieron irse con ellos.

Al rato, cuando volvimos a la caravana Nico estaba hablando con los abuelos (los llamó casi todos los días desde que empezamos el viaje), nos fuimos a duchar Laura y yo y cuando volvimos aún seguía de charla. Alicia apareció compungida porque había roto un bote de cristal de sérum de su madre (totalmente sobreactuado, más un voy-a-hacerme-la-víctima que otra cosa). Apareció en toalla y con el bote roto, ¿y el resto de botes?, ¿y tu ropa?, lo había dejado todo en el baño porque se había asustado mucho 🤨 En fin, que hubo que explicarle que si estaba roto pues bueno, mal por no tener cuidado pero que es lo que hay, pero que no era razón para salir así como pollo sin cabeza. Al rato descubrimos que con el numerito del bote se había cortado en el pie, de ahí quizá su “susto”, aunque no nos lo quiso confesar hasta después de cenar.

Para cenar hice huevos al plato, que la verdad es que hacía años que no los comía y ellos creo que no los habían probado. Les gustaron mucho y estuvimos finiquitando también el pan Bimbo con untables y fuet, finalizando por completo la despensa. Después de cenar se fueron con los amigos a dar una vuelta, nos vino a visitar un pequeño ratón de campo que no pudimos fotografiar porque iba como una bala, aunque se quedó un rato dando vueltas por la parcela. Nosotros estuvimos limpiando que al día siguiente ya volvíamos a Madrid y había que entregar la caravana impecable. Nico regresó un poco airado y tuvimos que ir a dar una vuelta con él porque no quería volver con el grupo de amigos. Al rato nos confesó que su hermana le estaba dando golpes y collejas para hacerse la chula delante de sus amigas. Tuvimos que llamar a la acusada para que nos contara su versión que, sin ser muy sorprendente, corroboraba la de su hermano, aunque con el clásico toque de "y tú más". Al final Nico prefirió seguir paseando con nosotros y ella se quedó con las amigas jugando a juegos de mesa. Al rato nos vino a buscar porque se iban todos a la cama. Antes de meterse en la cama Nico declaró que estas vacaciones le habían gustado mucho más que las del año pasado, la verdad que había estado genial. Solo nos esperaba el duro viaje de regreso, decidimos que intentaríamos emprender la marcha temprano y evitar al máximo el calor del asfalto.


El regreso al secarral de Madrid y la entrega digna de James Bond

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El día del regreso tocaba madrugar. Aunque no logramos salir a las 8:00 como habíamos planeado idealmente, nos pusimos en marcha a las 9:00, lo cual es todo un récord familiar. Hay que mencionar que la verdad es que levantar el campamente es lo mejor de la autocaravana, sobre todo si lo comparas con la tienda.

De todas formas antes de salir teníamos que hacer el último vaciado de aguas y, aunque ya éramos unos absolutos expertos Nico se quedó al cargo del llenado del depósito de agua limpia. Como no terminaba fui a ver que pasaba para descubrir que la manguera estaba bloqueando la salida de agua y parecía estar rebosando por algún mecaismo, al quitar la manguera (que estaba un poco a presión) salió todo el sobrante como si hubiera apuntado directamente a mi pantalón, vamos, literalmente me duché 🤣

Sin embargo, al ir a cruzar la barrera de salida del camping, nos dieron el alto. Resulta que en el sistema no constaba el pago de nuestra segunda noche extra. La recepcionista se había hecho un lío tremendo el día anterior al intentar cobrarme un dispositivo wifi de 1€ en la misma transacción, olvidando generar la factura de la pernocta de forma independiente. Tras aclarar el entuerto, iniciamos el viaje.

El trayecto de vuelta por carretera fue excelente. Tras confirmar que las autocaravanas no tienen límites de velocidad específicos más estrictos que un turismo normal en autovía, puse el bicho a 120 km/h todo lo que daba. En las cuestas se notaba con creces que llevábamos literalmente la casa a cuestas, pero el motor aguantó el tipo de forma admirable. A las 14:00 en punto estábamos aparcando en la puerta de casa en Madrid, donde Mateo ya nos estaba esperando listo para ayudarnos a descargar todo el equipaje en un santiamén.

El choque térmico fue brutal: salimos de San Juan de Luz con unos agradables 21°C y al llegar al jardín de casa el termómetro marcaba unos asfixiantes 37,5°C. ¡Y lo que nos esperaba! En pocos minutos, la casa quedó completamente empantanada con la avalancha de cosas procedentes de la caravana, pero al menos el habitáculo del vehículo quedó completamente vacío. Bárbara nos esperaba con una deliciosa comida lista, ¡tenemos los mejores vecinos del mundo!.

Tras comer y disfrutar de un café bien tranquilos, haciendo acopio de una fuerza de voluntad sobrehumana para no desplomarnos en el sofá (que era lo que de verdad nos pedía el cuerpo), nos fuimos los cuatro diligentemente a lavar el vehículo y entregarlo al depósito de alquiler.

Lavar una autocaravana de dimensiones colosales bajo el sol implacable de Madrid a las 17:30 de la tarde es un acto de heroísmo que merece ser recordado. Pero la peor parte, sin duda, se la llevó Lau: mientras yo empuñaba la lanza de agua a presión por fuera, ella se metió en el interior a pasar la aspiradora y limpiar los suelos. Eso sí que es tener valor. Si al sol de la calle el termómetro de la carretera de Loeches marcaba unos brutales 46°C, el interior de la caravana era lo más parecido a una sauna finlandesa a pleno rendimiento. Para colmo, los niños vinieron bastante protestones tras haber protagonizado un "pollo" monumental en casa que les costó un pase directo al lavadero con papá y mamá. El clásico bucle de "Alicia nos molesta, entonces nosotros la molestamos más a ella" en el típico tres contra uno donde, seamos sinceros, ninguno de los cuatro es realmente inocente.

Tras dejar el depósito de combustible lleno y recargar el depósito de AdBlue (que se había bebido media despensa del dichoso líquido; yo pensaba que eso se rellenaba una vez al año, pero en estos mastodontes el consumo es dramático), pusimos rumbo a la campa de devolución. Yo conducía la autocaravana y Lau venía detrás con los peques en el coche.

Al llegar al punto de entrega, tuvimos que esperar un rato hasta que respondieron a nuestros mensajes de WhatsApp (habíamos avisado de que llegaríamos a las 19:00 y nos adelantamos a las 18:00). Finalmente, nos enviaron un código para abrir el candado de la campa (unos pasos de baile al estilo Monkey Island) y una serie de instrucciones meticulosas para grabar el vídeo del estado del vehículo y depositar las llaves en un buzón. Todo muy al estilo James Bond: "Haga exactamente lo que le pedimos o nos quedaremos con su fianza". Bromas aparte, el personal de la empresa de alquiler fue de lo más simpático y se interesó mucho por saber si nos había gustado la experiencia. Por cierto, el vídeo de la entrega lo tuvo que grabar Lau porque mi móvil sufrió un colapso por sobrecalentamiento a mitad de la grabación y se negó en rotundo a seguir trabajando.

De regreso a casa, fuimos al supermercado a hacer una compra de urgencia, aunque creo que se nos fue la mano porque dudo que vayamos a durar más de media semana en estos lares con el clima actual. Cenamos prontito y Nico cumplió con su riguroso ritual de llamar para contarle el viaje a la Ela y a los abuelos, tirándose un buen rato de animada charla con cada uno de ellos. Tras la cena, vimos otro capítulo de La Leyenda de Aang (teniendo que frenar las ansias revolucionarias de los niños, que pretendían ver varios capítulos seguidos).

Escribo estas líneas sentado cómodamente en el escritorio de mi habitación, frente al teclado de mi ordenador. Y aunque esta noche tenga que dar unos cuantos pasos más si me levanto a ir al baño de madrugada, voy a disfrutar enormemente de la maravillosa sensación de no tener que mear en un bote de plástico 😜.

Haciendo balance con mi hermano, coincidimos en que viajar en autocaravana es un nivel infinitamente superior al clásico camping con tienda de campaña. Es verdad que todavía nos queda mucho por aprender y que posiblemente tardaremos en sacarle todo el jugo que ofrece este estilo de vida, pero nos queda un sabor de boca inmejorable. Sobre todo por lo fácil y maravilloso que resulta improvisar sobre la marcha cuando llevas la casa a cuestas. No sé si repetiremos la experiencia siempre o si acabará siendo nuestro modelo de viaje definitivo, pero de lo que no cabe duda es de que ha sido una aventura increíble y muy divertida.


🎓 Manual de Supervivencia: Lecciones de unos "Novatos" en Autocaravana

Error de Novato / Situación Consecuencia Dramática Lección Aprendida (Nivel Pro)
Ignorar las escotillas superiores Convertir el habitáculo en una sartén refractaria a 46°C. Sudor nivel "sauna finlandesa". Las escotillas no son decoración aerodinámica, son la única frontera entre la vida y cocerse en tu propio jugo. ¡Ábrelas!
Maniobrar en solitario ("Yo controlo") Romper el piloto trasero o lidiar con conductoras indignadas por "toquecitos" fantasma en los parkings. Lau es ahora el radar de proximidad oficial de la familia. Si hay que dar marcha atrás o el hueco es justo, el copiloto se baja siempre. Mano de santo.
Dejar la lavadora para el final Quedarte sin ropa limpia y montar un tenderete monumental de supervivencia cruzando toda la parcela. La ropa sucia en una autocaravana se reproduce por esporas durante la noche. Hay que aprovechar para lavar a la mínima oportunidad.
Subestimar la sed de AdBlue Descubrir con horror que el vehículo se bebe la despensa entera del dichoso liquidito azul. En estos bichos, el AdBlue no se rellena "una vez al año", se consume casi con la misma alegría que el propio gasoil.
Llenar el depósito de aguas limpias a presión Bloquear la salida de aire con la manguera y recibir un chorro de rebose directo a los pantalones. Ducha gratis. Retirar la manguera siempre con extrema cautela y poniéndose de perfil. El agua a presión tiene muy mala leche.
Ir "pisando huevos" por respeto al tamaño del bicho Los primeros trayectos por carretera se hicieron absolutamente infinitos (una eternidad asfáltica). En autovía no hay límites más estrictos que los de un turismo. ¡Pon el bicho a 120 km/h sin miedo! El motor aguanta el tipo de forma admirable y te ahorras horas de viaje.
Exceso de confianza en el "cross-check" de salida Escuchar el estruendo de un plato suicida, una botella volando o un armario abriéndose en el primer bache y tener que parar de emergencia. (Ocurrió más veces de las confesables). El "cross-check" antes de arrancar no es un trámite, es pura física. Revisa cada pestillo, cajón y puerta como si la autocaravana fuera a entrar en órbita.